La dieta reta a nuestros genes


A lo largo de miles de años de evolución, nuestro organismo se ha ido adaptando al entorno para poder sobrevivir. No obstante, las reglas del juego nutricional han cambiado y eso lleva a nuestra genética de cabeza.

Cristina

(Reportaje publicado en el suplemento ES, de La Vanguardia, el sábado 25 de junio del 2011)

Puedes leerlo en PDF aquí: DIETA y GENES

Se acerca el verano, la ropa ligera, el bañador. Y cada mañana, al levantarnos, nos situamos frente al espejo y observamos, preocupados, la imagen que nos devuelve: parece que el invierno nos ha dejado algún kilito de más. Resignados, pensamos: “Habrá que ponerse a régimen”. E imaginamos platos de verduras hervidas, carne y pescado a la plancha, nada de azúcar, ni de pasta, ni de tapas, ni de cervecita. Sólo control. Entonces, inevitablemente, nos acordamos de aquel compañero de trabajo que cada día, para desayunar, se mete entre pecho y espalda un bocadillo de bacon con queso, que se pasa las horas picoteando y que, sin embargo, está como un palillo. ¿Por qué él no engorda y nosotros debemos seguir estrictas dietas para perder peso y no siempre nos funcionan?

Podríamos alegar que la culpa es de nuestros genes. Que hemos heredado de nuestros padres la tendencia a los michelines. Y en parte, así es. La genética con la que nacemos nos puede predisponer a sufrir sobrepeso o determinadas dolencias relacionadas con la nutrición. Aunque, por norma general no es la causante de nuestras redondeces, tampoco se puede decir que tenga un efecto cero. En los últimos años, la ciencia ha hecho grandes avances en el estudio de las relaciones entre genética y alimentación, y ha arrojado luz sobre esta y muchas otras cuestiones. Ahora sabemos que determinados tipos de dietas están asociados a enfermedades, como el cáncer, la obesidad, la hipertensión o incluso neuropatologías. Que no existen remedios generales ni dietas milagro que funcionen para todo el mundo. Que la globalización alimentaria, que tanto nos enriquece culturalmente, está volviendo locos a nuestros genes. Y que, a pesar de nuestra herencia genética, podemos influir en el comportamiento de nuestra maquinaria genética con nuestros hábitos, para bien o para mal.

(sigue leyendo la versión en PDF)

 

 

 

 

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